Por Matías Repetto
El fútbol argentino no da respiro ni tiempo para procesar los duelos. Pocas horas después de haber dejado su cargo en San Lorenzo de Almagro, Néstor Gorosito recibió un llamado de urgencia desde Mar del Plata para asumir como director técnico de Aldosivi. El experimentado entrenador escuchó con atención la propuesta del «Tiburón», un club sumergido en una profunda crisis institucional y deportiva, pero finalmente decidió rechazar la oferta. La negativa deja en evidencia que el técnico prefiere asimilar el golpe de su salida de Boedo antes que subirse a un barco que amenaza con hundirse de forma inminente.
La velocidad del ofrecimiento refleja la desesperación que se vive en «La Feliz». La dirigencia de Aldosivi vio en «Pipo» el bombero ideal para apagar un incendio que parece incontrolable desde la salida de Israel Damonte. Sin embargo, lo que parecía avanzar hacia un acuerdo definitivo se desmoronó con el correr de las horas debido a marcadas diferencias económicas y, sobre todo, a la falta de garantías en el proyecto deportivo. Para Gorosito, subirse a este fierro caliente significaba encadenar dos escenarios de extrema presión de manera consecutiva.
El presente del «Tiburón» es, por lejos, el más dramático de la primera división del fútbol local. El conjunto marplatense se encuentra en el fondo absoluto de la tabla anual con apenas 10 puntos en su casillero y cosecha puntos mediante empates. Sin conocer la victoria en lo que va de la temporada, el equipo mira desde muy abajo a Deportivo Riestra, el rival más cercano en la lucha por la permanencia, del cual lo separan ya nueve unidades de distancia.

Esta malaria deportiva ha transformado el predio de Punta Mogotes en una auténtica olla a presión. Semanas atrás, las facciones más radicales de la hinchada coparon las inmediaciones del lugar de entrenamiento para colgar banderas con mensajes amenazantes como «Ganar o morir». Los duros cánticos direccionados hacia el plantel generaron un clima hostil que ahuyenta a cualquier estratega que pretenda trabajar con un mínimo de planificación a mediano plazo.
Por el lado de Gorosito, el dolor de su reciente despido en San Lorenzo todavía está a flor de piel. Su segundo ciclo en la institución azulgrana fue llamativamente efímero: duró apenas 60 días antes de que la comisión directiva decidiera rescindir su contrato de manera abrupta. En el Bajo Flores las urgencias tampoco perdonan el pasado idolatrado de los referentes, y Nestor Gorosito pasó de ser el salvador esperado a convertirse en el fusible de una crisis que excede lo que pasa dentro de la cancha.
Aceptar el reto de Aldosivi implicaba para el director técnico cambiar un gigante en crisis por un humilde al borde del abismo. Aunque la propuesta económica intentó seducirlo, el análisis del plantel y el nulo margen de error pesaron más en la balanza. Gorosito sabe que, en el formato actual del torneo, agarrar un equipo sin pretemporada y con la moral destruida suele ser una trampa para el prestigio de los entrenadores de trayectoria.
La danza de nombres en el fútbol local demuestra que el mercado de pases de técnicos es a veces más voraz que el de los propios futbolistas. Mientras San Lorenzo ya debate el perfil de su sucesor y analiza opciones que van desde duplas conocidas, como la vuelta de Insua, hasta nombres de peso como Luis Zubeldía, Aldosivi debe reiniciar su búsqueda a contrarreloj. El tiempo corre y las fechas del Torneo Clausura se consumen sin que aparezca el líder idóneo para el vestuario del puerto.
La negativa de «Pipo» también abre un debate profundo sobre la salud del fútbol argentino. La trituradora de proyectos y la violencia de los mensajes en los predios deportivos obligan a los profesionales a ser más selectivos que nunca con sus destinos de trabajo. Ya no basta con tener trabajo a cualquier precio. Hoy los entrenadores priorizan resguardar su salud mental y su capital profesional ante contextos sociales desbordados.
El puerto marplatense seguirá buscando un timonel dispuesto a asumir una misión que muchos tildan de imposible. La dirigencia del «Tiburón» necesita un golpe de timón inmediato si no quiere que el descenso se transforme en una certeza matemática mucho antes de lo previsto. Las banderas en Punta Mogotes siguen colgadas como una advertencia latente para el próximo que decida firmar el contrato.
Finalmente, Gorosito mirará las próximas fechas desde afuera, esperando una oportunidad que le ofrezca las condiciones estructurales que hoy escasean en los clubes más necesitados. El «no” a Aldosivi es el fiel reflejo de un director técnico experimentado que aprendió a identificar cuándo una oportunidad es, en realidad, un boleto directo hacia el ojo de la tormenta.




